Treinta segundos de arte
Crónica que muestra la realidad de los artistas que trabajan en las esquinas de nuestros semáforos, los amarillos testigos de una efímera obra de arte.
9 de la mañana. Esquina de Grau con Piérola, Barranco. Aunque para fines de esta historia no lo llamaré esquina, sino semáforo. “No lo llamamos esquina, porque suena como un lugar para gente cualquiera y nosotros somos artistas. Ponle semáforo”, apunta uno de ellos drásticamente ante mi involuntario error. Todos los vemos en algunos “semáforos” de nuestra capital realizando diferentes actos artísticos y mostrando a los estresados conductores una pequeña función de lo que fácilmente podrían encontrar en cualquier circo: malabares, piruetas, equilibrio, entre otras cosas. Su principal enemigo: el Serenazgo distrital; su principal aliado: la voluntad de los conductores. Ellos consideran que el arte es su herramienta de vida y que no necesitan nada más para poder llevarse un pan a la boca, aunque el dinero es prácticamente lo último en lo que ellos piensan.
Llego al semáforo más frecuentado por estos artistas de la calle –como se definen ellos mismos–, en el conocido y bohemio distrito de Barranco, más específicamente en el cruce de las avenidas Grau y Piérola. Al parecer, llego muy temprano, ya que sólo encuentro una camioneta del Serenazgo distrital: una señal que deben estar trabajando en otra esquina del mismo distrito y esperarán a que se retiren los uniformados. La mañana fría y gris me acompaña, mientras le hago guardia a la calle para ver si alguno de ellos aparece tarde o temprano. Cuando el reloj marca las 10 de la mañana, hace su aparición un joven delgado que llevaba un sombrero muy gastado y zapatillas viejas. Me queda mirando porque le parezco sospechoso, ya que me aposté en el paradero a observar cómo se instalaba en su centro de trabajo. Con cierto recelo, deja su mochila verde en la esquina y se dispone a sacar una pelotita roja, con la que “calienta” los músculos durante 5 minutos para entrar al “escenario” de asfalto. Espero a que haga dos o tres rutinas para finalmente cruzar al lado de la vereda en la que él se encuentra.
Denilson es un joven brasilero de 22 años que sólo lleva en Lima tres semanas. Había llegado especialmente para la Convención de Artes Multiexpresivas ConveCirco realizada hace quince días en la ciudad de Cusco, pero se está quedando un tiempo indefinido a “laburar” (trabajar en su castellano aportuguesado) en los diferentes semáforos de nuestra capital. Practica el malabarismo con la pelota desde hace 3 años, aunque también lo hace con los pinos y realiza un poco de artesanía con alambres y diferentes materiales para vender en cualquier punto de su “infinito escenario” –como él define a la calle–. Extraña a sus padres que dejó allá en Rio de Janeiro, con los que tiene poco contacto, ya que se fue de casa a “vivir su vida” lejos de las presiones de estudio que le exigían. “Ningún padre es dueño de sus hijos”, dice. “Yo hago esto porque me gusta y porque preciso trabajar para poder subsistir en este maldito sistema”.
Él viene de la Baixada Fluminense, una zona muy peligrosa de la ciudad brasileña de Rio, conocida por su alto nivel de delincuencia juvenil y pandillaje, y parte de la denominada periferia de Brasil. “A mis padres no les gusta lo que hago, pero cada hombre decide su destino. No me gustan las cosas del sistema. En Brasil, trabajas once meses y tienes sólo uno de vacaciones; los políticos trabajan tres y reciben un sueldo gigante. Mejor. me quedo con lo que hago”, afirma mientras me dice que lo espere unos treinta segundos, lo que dura la luz roja del semáforo de esta concurrida avenida barranquina.
Sentado en la vereda, haciéndole guardia a la mochila de Denilson, veo que se viene acercando uno más del grupo que se reúne en este punto de la ciudad a ganarse la vida. Tanto Denilson como él , coincidieron en mirarme con cierto recelo, como si yo fuera un espía que ha irrumpido su labor artística. Abre su mochila y saca de ella su diávolo, un aparato con el que haces equilibrio mediante la tensión de una pita sujetada a dos palos de madera. No veía uno de esos juguetes desde que tenía 8 años y fracasé en el intento de dominarlo. Pero él realizaba unos actos espectaculares, que te hacen pensar lo injusto que debe ser recibir tan poco por dar tanto arte a los transeúntes. Sin embargo, mas adelante me daría cuenta que no recibían tan poco. Denilson hace su reverencia final, pronuncia el típico “tan tan” para terminar su acto y regresa a escucharnos, mientras que la luz verde ahuyenta a su público
Javier tiene 54 años, de los cuales los últimos 7 ha dedicado a perfeccionar su técnica con el diávolo y los malabares. “Antes hacía mimo, además de artesanías. Suelo tener alguno que otro contrato en la televisión o algún circo, como el de la Chola Chabuca”, refiere mientras me pide que lo espere la misma cantidad de tiempo que Denilson: 30 segundos. Ambos se turnan las luces rojas, hasta que aparezca algún otro colega artístico. Todos tienen treinta segundos para poder realizar sus actos, con lo que les queda 10 segundos para poder pedir la “colaboración” de los impresionados conductores. Para Javier, el arte es su herramienta de trabajo, su forma de vida y su pasión. Luego de haber culminado la carrera de Psicología en la Universidad San Martín de Porres –para darle gusto a su padre, dice–, decidió irse con sus maletas a vivir como el mejor creía: haciendo arte. “Como en cualquier lugar, el arte no es bien recompensado, pero si tienes un contrato puedes ganar para sobrevivir. Además, si tuviera un sueldo fijo y un trabajo estable, ganaría 1500 soles máximo y no podría viajar ni disponer de mi tiempo libre para poder vivir la vida adecuadamente”, afirma mientras me vuelve a pedir la misma cantidad de tiempo para trabajar.
En ese momento, me quedo pensando en la cantidad de dinero que podría sacar diariamente Javier o Denilson haciendo sus actos en cada semáforo, ya que cada conductor le da un sol. Son 5 conductores los que les colaboran por cada luz roja. Empiezo a sacar cuentas, pero Javier se anticipa. “Hoy es un día malo”, se lamenta. “Yo tengo la meta de sacar al menos 50 soles por día de semana, porque los domingos siempre me hago unos 200 soles aproximadamente”, cuenta orgulloso, al mismo tiempo que me pregunta cuánto me costó mi grabadora para comprarse una inmediatamente. Javier sostiene que una persona puede vivir de la calle sin problema alguno. “¿Sino cómo crees que la gente de los pueblos jóvenes construye sus casas de cemento?”, argumenta. Él mantiene a sus 3 hijos en Colombia, país al que va regularmente para visitarlos. Su hija mayor estudia en la Universidad y sus dos hijos menores también quieren dedicarse al arte callejero. Dice que nunca le han reprochado su atípico empleo ni tienen vergüenza de él e, incluso, lo han ayudado muchas veces “a contar el sencillo”. Denilson se ríe y dice que quisiera tener un padre como Javier. Un padre que entienda su trabajo y vocación.
Entender. Tan fácil como no poner etiquetas a la gente ni sacar conclusiones apresuradas, llevados por el prejuicio de algo que es atípico para nosotros. El semáforo, pues, se convierte en fiel testigo de estos artistas de la calle que sólo muestran lo que mejor saben hacer y a lo que le ponen todo el empeño y pasión, ya que es su forma de vida. El cruce peatonal es la alfombra roja en la cual ellos demuestran que el hombre puede vivir haciendo lo que más le gusta, y desafían a la vergüenza que podría producir el pedir dinero a cambio de un poco de espectáculo. Y así, me despido de ellos con la sensación de que tienen lo que todo hombre necesita: felicidad. Al menos, la sonrisa nunca la pierden. Gentilmente, me hacen la reverencia artística para despedirse, lo que muestra la calidad de personas que son. Es arte, señores. Arte que no perjudica a nadie ni transgrede ninguna norma. Hay que dejarlos trabajar. Total, son sólo treinta segundos.
















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